La difícil cuestión del plagio

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A raíz del reportaje que Carmen Aristegui y su equipo de investigación sacaron a la luz sobre el plagio de la tesis de licenciatura del hoy presidente de México, Enrique Peña Nieto, se despertó una polémica muy grande. Se ha dicho mucho sobre qué responsabilidad tienen las autoridades, las academias y desde luego la ciudadanía, porque si bien no es un tema sencillo o aprehensible, se ha develado una faceta inédita en la opinión pública sobre el tema del plagio.

¿Fue acaso necesario exponer a un personaje en extremo polémico como lo es Enrique Peña Nieto para voltear a ver la importancia que el acto del plagio tiene sobre la sociedad?, o bien, ¿basta con señalar lo que parece un caso de excepción y no la tendencia en los dirigentes políticos nacionales?

Quizá para muchos lectores y lectoras este tema sea muy lejano, incluso la aparente banalidad en la que parece caer el tema es muestra de lo ajenos que podemos estar respecto al concepto del plagio. Desde luego que se trata de una práctica a la que todos estamos expuestos, como potenciales plagiadores o plagiados. Pero me permito ir un poco antes, la palabra “plagio” hace referencia a la reproducción de una idea ajena como propia. El plagio existe a muchos niveles y hay de diferentes tipos, por ejemplo el plagio literario. Pero el plagio al que nos encontramos en estos momentos expectantes es ante un plagio académico, más específicamente un plagio relacionado con la obtención de un título universitario que acredita a alguien los méritos suficientes para ejercer con un certificado una carrera. Imaginemos entonces la importancia que esto tiene, pues un plagio no detectado por quien debe hacerlo puede otorgarle a alguien más determinados privilegios, como un título universitario, sin realizar el mayor esfuerzo, haciendo trampa y engañando a las personas. Entonces este tema obedece a una asunto ético, es decir, cuestiona directamente las costumbres y visión de vida de quién lo realiza, además de mostrar cómo puede conducirse ante la sociedad.

En México, cuando el plagio académico ha sido detectado se ha reaccionado severamente, por ejemplo el caso de Rodrigo Núñez, quien en 2015 fue culpado del plagio de varios artículos académicos que enviaba a ser arbitrados y además por su tesis de doctorado en el Colmex. La consecuencia fue contundente, ya que Rodrigo Núñez perdió el título de doctor por el Colegio de México en julio de ese mismo año, además de evidentemente perder credibilidad académica, su nivel de investigador en el Conacyt, etc.; en este caso la acción y consecuencia del plagio fue directa, lo que llama concretamente la atención es la razón por la que realizó los plagios. De acuerdo con Rodrigo Núñez, las razones son netamente académicas, la rigurosidad de cumplir con el requisito de cierto número de publicaciones, tesis dirigidas, arbitraje de papers, impartir clases, asistir a simposios y coloquios, y un largo etcétera, lo “pusieron contra la pared” y la presión desembocó en una carrera fundamentada en mentiras. En este caso el investigador efectivamente no fue capaz de cubrir o dar el ancho como académico y el resultado es claro, el recurso de tomar lo que no le corresponde y hacerlo pasar por propio.

Pero en esa misma historia tenemos elementos importantes, por ejemplo la incapacidad de los árbitros que evaluaron los artículos académicos de Núñez para su publicación, quienes son un filtro obligado y necesario para evitar estos escenarios tan desafortunados, o el director de tesis y sinodales de doctorado que obviaron las fuentes de sus investigaciones y permitieron este hecho.

Sin duda el caso de Rodrigo Núñez expone en demasía algo de lo que el sistema académico mexicano ha padecido desde hace muchas décadas atrás y que las autoridades se niegan a ver. Con lo anterior no busco justificar el plagio como una actividad común, lo que quiero mostrar es que los móviles del plagio son distintos, por ejemplo un académico de “alto rendimiento”, que ante la necesidad de continuar su trayectoria cae en esta práctica frente a la nariz de quienes se supone deben evitarlo.

Sin embargo, el caso del mandatario mexicano, Enrique Peña Nieto, es mucho más diferente y hasta cierto punto exponencialmente más reprochable. Se trata no de un investigador que lucha por ganar más dinero en un sistema académico antropófago, sino del representante de una nación. Se trata de una persona que debe poseer virtudes inherentes al cargo que ocupa, que debe exponer seguridad, confiabilidad, honestidad. Es muy triste saber que damos por hecho la carencia de estas virtudes en las personas que nos representan. El problema del plagio, repito, es necesariamente ético.

Lamentablemente la prensa minimiza este hecho que realmente es grave, usan artilugios discursivos que especulan sobre la seriedad del asunto. No podemos evitar la burda comparación con otros países, donde estas “chispoteadas” que el presidente busca hacer pasar por “errores de estilo” o “errores de captura” son imperdonables, pero aquí lo quieren hacer pasar como un acto minúsculo, ¡por favor!, no hace falta ser experto para darnos cuenta que es grave.

La comunidad académica no ha dudado en retirar títulos y grados con anterioridad, me parece que lo más justo y necesario es ser congruente con los baños de pureza que pregona y bajo estas premisas revocar una licenciatura sustentada en plagios. No debemos olvidar que estamos frente a un dirigente de una nación que durante su mandato ha polemizado respecto a sus conflictos de intereses y ha sido señalado de peculado, ha apremiado acciones al ejército y policías que desembocaron en los enfrentamientos de Michoacán, de Oaxaca y Guerrero, un presidente que encima trae el peso de dar respuesta y soluciones (y que no puede dar) a la injusticia que sufre el país que dirige, un mandatario que ha perdido total credibilidad ante la opinión pública, un presidente que impulsa una reforma educativa que desató el caos en el suroeste de México y eso tan solo en cuatro años, pues desde que Peña Nieto fue gobernador del Estado de México, arrastra tras de sí un amplio historial de catástrofes.

¿Por qué proteger a Peña? ¿Es acaso que la Universidad Panamericana no se atreve a reconocer que hizo mal su trabajo, o son cómplices de esta farsa también? ¿Compran la versión infame del director de tesis que explica que un copista no puso comillas? ¿En realidad la laxitud mostrada ante una metodología tan débil de investigación llevada a cabo por el señor presidente es tolerable e incluso excusable para pasar un examen de grado? ¿O será que todos quieren minimizar el hecho para hacerlo pasar por algo más de este México donde todo es posible? ¿Se trata de la filosofía pregonada a grito pelado por #LordAudi y cuya máxima dice “¡Es México, güey!”?

En el fondo veo un problema más grande. Es más que posible que no solo EPN sea un plagiario que vió como un trámite más su titulación, habrá que pensar en otros políticos y líderes empresariales que hayan recurrido a esta práctica o, peor aún, a la falsificación de documentos con el fin de acrecentar un estatus público y conseguir mejores puestos.

Nada de esto es para tomarse a la ligera.


Foto: SDP noticias

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